Rastro hacia la libertad II. La versión oficial
- Luis José Mata

- 1 jun
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El término apareció primero en un comunicado menor.
No en el título. No en la conclusión. En una frase intermedia, casi técnica.
—Se han incorporado mecanismos de superposición para optimizar los tiempos del proceso.
Karla lo leyó dos veces.
No le sorprendió la palabra.
Le inquietó la naturalidad.
Días después, volvió a aparecer. Esta vez en una rueda de prensa.
—La superposición —dijo el portavoz— permite ajustar las fases sin comprometer la estabilidad.
El tono era firme. Ensayado.
Como si siempre hubiera estado allí.
En las semanas siguientes, el término se repitió en informes, entrevistas, documentos técnicos. Cambiaba de lugar, pero no de intención.
Se volvió familiar.
Se volvió útil.
Karla empezó a notar la diferencia. Antes, la superposición ocurría. Ahora, se explicaba.
En las reuniones, algunos la mencionaban con cautela. Otros con entusiasmo.
—Es una herramienta —decían—. Una forma de acelerar sin perder control.
Control.
La palabra volvió a ocupar su lugar.
El régimen no negaba lo que estaba ocurriendo.
Lo absorbía.
Lo describía hasta fijarlo.
Lo integraba en la secuencia que, en teoría, debía haberlo impedido.
Karla asistió a una sesión donde se presentó un documento actualizado.
No sustituía al anterior.
Lo corregía.
Fase uno: estabilización institucional.
Fase dos: depuración administrativa.
Fase dos ampliada: superposición operativa.
Fase tres: apertura controlada.
La palabra había sido insertada.
No como ruptura.
Como puente.
Karla sintió, por primera vez, una forma distinta de inquietud.
No porque el proceso se detuviera.
Porque empezaba a parecerse demasiado a lo que debía ser.
En los días siguientes, las decisiones continuaron.
Algunas adelantadas.
Otras simultáneas.
Otras, simplemente inevitables.
Pero algo había cambiado.
Las que se nombraban como superposición tendían a repetirse.
A ordenarse.
A justificarse.
Las otras no.
Karla comenzó a distinguirlas sin dificultad.
No por su contenido.
Por su tono.
Las oficiales buscaban encajar.
Las otras no pedían lugar.
Una noche, en una reunión breve, alguien dijo:
—Si lo convierten en método, lo van a detener.
Nadie respondió.
No hacía falta.
La superposición seguía ocurriendo.
Pero ya no en los espacios donde se la describía. El régimen insistía en su versión.
—Hemos sabido integrar la dinámica social en el proceso institucional —afirmaban.
Las frases eran correctas.
Incluso precisas.
Pero llegaban después.
Karla entendió entonces que el problema no era que la superposición hubiera sido nombrada.
Era que había sido comprendida demasiado pronto.
Y mal.
Porque al comprenderla, habían intentado fijarla.
Y al fijarla, habían perdido lo único que la hacía eficaz.
Su tiempo.
En una entrevista, le preguntaron directamente:
—¿Cree usted que la superposición ha sido un aporte del gobierno?
Karla dudó.
No por la respuesta.
Por la inutilidad de darla.
—No —dijo al final—. Creo que es algo que ocurre cuando el gobierno deja de llegar primero.
El entrevistador no repreguntó.
Anotó.
Sonrió con cortesía.
La frase apareció al día siguiente, recortada.
—“…un aporte del gobierno…” —decía el titular.
Karla lo leyó sin sorpresa.
No corrigió.
No explicó.
No insistió.
Había entendido algo más importante.
La superposición no podía defenderse.
Tampoco podía negarse.
Solo podía continuar.
Y en esa continuidad, lenta, desigual, imprecisa, el país empezaba a cambiar de forma.
No en lo que decía.
En lo que ya no necesitaba decir.
Este es el relato número 99. Es la segunda parte de Rastro hacia la libertad. El próximo relato será el número 100; será un especial o, mejor dicho, una interrupción de la serie Rastro hacia la libertad . Que regresará como el número 101: "La dispersión"





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