Rastro hacia la libertad V: "El mismo sombrero"
Actualizado: hace 17 horas
Los nombres habían cambiado. También algunas fotografías en los despachos oficiales, ciertas expresiones en los discursos y el tono con que los nuevos funcionarios se dirigían al país. Había desaparecido algunas consignas. Otras sobrevivían discretamente, pronunciadas con una moderación que parecía anunciar tiempos distintos.
Pero el poder continuaba funcionando de una manera demasiado conocida. Karla había observado aquellas transformaciones durante meses. Al principio pensó que podían representar los primeros movimientos de una transición difícil, necesariamente imperfecta. Ningún sistema construido durante tantos años desaparece de un día para otro. Lo sabía. Había defendido incluso la necesidad de comprender las dificultades institucionales antes de exigir resultados inmediatos.
Sin embargo, comenzó a inquietarla la persistencia de ciertas prácticas. Las decisiones seguían tomándose sin explicaciones suficientes. Las instituciones conservaban una obediencia que parecía anterior a los funcionarios que ahora las dirigían. Las promesas de apertura convivían con restricciones que nadie conseguía justificar convincentemente.
La transición se había convertido en una palabra que todos pronunciaban y casi nadie estaba obligado a demostrar.
Una mañana, mientras escuchaba una entrevista con uno de los nuevos representantes del gobierno, Karla reparó en una expresión que había oído muchas veces durante los años anteriores.
—No podemos permitir que la precipitación comprometa la estabilidad alcanzada.
Apagó la radio.
La frase no era necesariamente falsa. Toda transformación política exige cierta estabilidad. Pero había comenzado a sospechar que algunas palabras podían conservar intacta su función incluso cuando cambiaban quienes las pronunciaban: Estabilidad. Responsabilidad. Paciencia. Soberanía.
Palabras legítimas, pensó, capaces también de convertirse en argumentos para aplazar indefinidamente aquello que prometían proteger. Recordó entonces una expresión que había escuchado de niña: "Los hombres cambian, pero el sombrero sigue siendo el mismo"
Durante años había creído que se trataba de una observación sobre la ambición humana. Ahora comenzaba a entenderla de otra manera. El sombrero no pertenecía necesariamente a un hombre. Pertenecía a una forma de ejercer el poder. Y podía sobrevivir a todos sus propietarios.
La situación internacional tampoco contribuía a disipar sus dudas. Gobiernos extranjeros hablaban de cooperación, estabilidad regional y reconstrucción económica. Algunos representantes diplomáticos defendían la necesidad de acompañar cuidadosamente el proceso político. Otros consideraban inconveniente introducir exigencias electorales que pudieran alterar los equilibrios alcanzados.
Karla escuchaba aquellas declaraciones con atención. Comprendía que los Estados defendieran intereses propios. Lo que no conseguía aceptar era que las necesidades de millones de personas terminaran ocupando un lugar secundario dentro de negociaciones celebradas en su nombre. En una reunión privada, un antiguo funcionario le explicó que la política internacional funcionaba mediante compromisos inevitables.
—Hay que comprender que ningún país actúa exclusivamente por principios —le dijo.
—Lo comprendo —respondió Karla—. Lo que no comprendo es por qué nosotros debemos aceptar que nuestros derechos formen parte de esos compromisos.
El hombre sonrió con una paciencia que a ella le resultó familiar.
—La política exige realismo.
Karla no contestó inmediatamente. Había aprendido a desconfiar de las respuestas que parecían demasiado satisfactorias, incluidas las propias.
—También exige distinguir entre lo que es posible y lo que algunos prefieren que siga siendo imposible.
La conversación terminó sin acuerdo.
Aquella noche anotó una pregunta en su cuaderno: ¿cuándo deja la prudencia de proteger una transformación y comienza a servir para impedirla? No encontró una respuesta definitiva. Pero decidió que ya no podía continuar formulando preguntas únicamente para sí misma.
Durante las semanas siguientes comenzó a reunirse con pequeños grupos de ciudadanos. No eran encuentros multitudinarios. A veces participaban diez personas. Otras, apenas cuatro o cinco. Había maestros, enfermeras, estudiantes, comerciantes y jubilados. Algunos habían participado anteriormente en organizaciones políticas. Otros desconfiaban de cualquier iniciativa que pudiera parecerse a una campaña electoral.
Karla escuchaba más de lo que hablaba. Una mujer le contó que llevaba meses intentando conseguir un medicamento para su esposo. Un profesor explicó que varios de sus mejores alumnos habían abandonado el país. Un anciano preguntó cuánto tiempo más tendría que esperar para volver a encontrarse con sus nietos.
Aquellas conversaciones comenzaron a modificar la naturaleza de sus preocupaciones.
Durante años había estudiado los mecanismos del poder, sus deformaciones y sus formas de legitimarse. Ahora encontraba personas para quienes aquellas cuestiones tenían consecuencias inmediatas, difíciles de expresar mediante conceptos políticos.
Una tarde, una mujer que había permanecido callada durante casi toda la reunión levantó la mano.
—Usted habla de elecciones, de instituciones y de derechos. Todo eso está muy bien. Pero ¿qué va a cambiar para nosotros?
Karla intentó responder. Habló de representación, de controles institucionales y de la necesidad de recuperar la confianza pública.
La mujer la interrumpió.
—No le pregunté qué piensa hacer. Le pregunté qué va a cambiar.
Hubo un silencio incómodo. Karla comprendió que estaba repitiendo, sin proponérselo, una costumbre que había criticado muchas veces: responder a las necesidades concretas mediante explicaciones generales.
—No puedo prometerle que su vida cambiará inmediatamente —dijo finalmente—. Ni siquiera puedo asegurarle que todo lo que propongamos funcionará. Pero sí puedo comprometerme a que las decisiones que afecten su vida tengan responsables identificables y puedan ser discutidas públicamente.
La mujer la observó unos segundos.
—Eso sería algo —respondió—. Pero todavía falta mucho.
Karla asintió. Aquella respuesta le pareció más valiosa que cualquier aplauso.
La propuesta de participar directamente en política surgió después de varias reuniones.
Algunos consideraban que debía encabezar una iniciativa independiente para exigir elecciones libres, con garantías verificables y participación efectiva de quienes habían permanecido excluidos. Otros pensaban que debía aspirar personalmente a gobernar.
Karla había rechazado durante años esa posibilidad. No por indiferencia hacia el poder, sino porque conocía demasiado bien su capacidad para transformar a quienes comenzaban creyendo que podían utilizarlo sin quedar sometidos a sus exigencias.
Sin embargo, empezó a comprender que su negativa también tenía consecuencias.
Era relativamente sencillo reclamar responsabilidad desde una posición donde nadie podía exigirle resultados. Mucho más difícil sería aceptar que sus ideas fueran examinadas, cuestionadas y eventualmente rechazadas por los mismos ciudadanos a quienes pretendía representar.
Una noche, durante una conversación con varios colaboradores, alguien le preguntó directamente:
—¿Estarías dispuesta a presentarte a unas elecciones?
Karla permaneció callada. Había imaginado aquella pregunta muchas veces. Nunca había encontrado una respuesta que la dejara completamente satisfecha.
—Sí —dijo finalmente—. Pero antes debemos conseguir que las elecciones puedan celebrarse libremente.
—¿Y si no las convocan?
—Tendremos que continuar exigiéndolas.
—¿Y si intentan negociar contigo?
Karla miró a quienes estaban sentados alrededor de la mesa.
—Habrá que escuchar lo que propongan. Pero escuchar no significa aceptar.
Uno de los presentes insistió:
—¿Y si para conseguir las elecciones tienes que hacer concesiones?
Karla comprendió que aquella era la pregunta verdaderamente difícil.
No todas las concesiones eran traiciones. Tampoco todos los acuerdos constituían avances. La historia estaba llena de hombres que habían justificado decisiones irreversibles mediante la promesa de beneficios futuros.
—Entonces tendremos que establecer públicamente qué estamos dispuestos a negociar y qué no.
—¿Y quién decidirá esos límites?
Karla tardó en responder.
—No puedo decidirlos yo sola.
Por primera vez aquella noche, alguien sonrió. No porque hubiera recibido una respuesta tranquilizadora, sino porque Karla acababa de reconocer que tampoco ella debía convertirse en la única autoridad de aquello que comenzaban a construir.
La noticia de su posible participación política circuló con rapidez. Algunos la recibieron con entusiasmo. Otros cuestionaron su experiencia, sus conocimientos administrativos y su capacidad para enfrentar estructuras que habían sobrevivido a crisis mucho más profundas.
También aparecieron comentarios sobre sus antiguas declaraciones.
Una entrevista de años atrás fue reproducida parcialmente para sugerir que Karla había defendido la continuidad de determinadas instituciones. En otra publicación se afirmaba que había cambiado de posición por ambición personal.
Karla revisó las grabaciones originales. En algunos casos encontró manipulaciones evidentes. En otros descubrió frases propias que ahora habría formulado de manera diferente. No intentó negarlas. Durante una entrevista pública, una periodista le preguntó:
—¿Reconoce entonces que se equivocó?
—En algunas cosas, sí.
—¿Y cómo podemos confiar en alguien que admite haberse equivocado?
Karla pensó unos instantes.
—No deberían confiar en mí porque afirmo que nunca me equivoco. Deberían poder comprobar lo que digo, cuestionar mis decisiones y sustituirme si dejo de cumplir con mis responsabilidades.
La periodista volvió a preguntar:
—¿Incluso si llega a gobernar?
—Especialmente si llego a gobernar.
La entrevista produjo reacciones contradictorias. Algunos interpretaron sus respuestas como una señal de debilidad. Otros consideraron que representaban una manera diferente de comprender la autoridad. Karla no supo cuál de esas interpretaciones terminaría imponiéndose. Tampoco estaba segura de que importara demasiado. Había comenzado a sospechar que uno de los peligros del liderazgo consistía precisamente en prestar excesiva atención a la imagen que los demás construían de quien pretendía ejercerlo.
Semanas después recibió una invitación para conversar con representantes de sectores vinculados al gobierno. El encuentro se celebró discretamente. Los interlocutores hablaron de reconciliación, de estabilidad económica y de la necesidad de evitar enfrentamientos innecesarios. Reconocieron algunas dificultades, pero insistieron en que las transformaciones requerían tiempo. Karla escuchó sus argumentos.
Uno de ellos sugirió que podría desempeñar un papel importante dentro de un futuro acuerdo nacional.
—Hay espacio para personas como usted —le dijo—. Personas razonables, capaces de comprender las dificultades del momento.
—¿Y las elecciones?
El hombre acomodó lentamente unos documentos sobre la mesa.
—Todo llegará a su debido tiempo.
Karla reconoció aquella expresión. La había escuchado en circunstancias demasiado diferentes para atribuirle siempre el mismo significado. Pero también sabía que una promesa sin condiciones verificables podía prolongarse indefinidamente.
—¿Quién determina ese tiempo?
—Las circunstancias.
—¿Y quién interpreta las circunstancias?
El hombre no respondió directamente. Habló de amenazas externas, de riesgos institucionales y de responsabilidades históricas. Karla comprendió que podían continuar conversando durante horas sin acercarse a una respuesta.
Antes de despedirse, preguntó si estarían dispuestos a establecer públicamente un calendario electoral y aceptar mecanismos independientes de verificación.
Le respondieron que estudiarían la propuesta.
No hubo compromisos. Al salir, uno de sus colaboradores quiso saber qué impresión le había causado la reunión.
—No lo sé todavía —respondió—. Tendremos que observar qué hacen.
—¿No les crees?
—No se trata de creerles. Se trata de comprobarlo.
Aquella noche regresó a su casa más cansada de lo habitual. Sobre la mesa encontró el cuaderno donde había reunido durante años observaciones sobre el poder, la memoria y las distintas formas mediante las cuales las sociedades terminaban justificando aquello que antes consideraban inaceptable.
Lo abrió al azar. Encontró una anotación antigua: las sociedades no solo reinterpretan la historia; también reinterpretan quiénes creen haber sido dentro de ella. La leyó varias veces.
Comprendió que aquella observación comenzaba a alcanzarla personalmente. Hasta entonces había construido su identidad alrededor de la interpretación crítica de los acontecimientos. Ahora aspiraba a intervenir directamente en ellos. Y esa transformación podía modificar también la manera en que llegaría a recordar sus propias decisiones.
Pensó en los antiguos funcionarios que había escuchado justificarse mediante explicaciones retrospectivas. En los hombres que aseguraban haber actuado siempre dentro de los límites de lo posible. En quienes habían aprendido a llamar necesidad a decisiones que alguna vez fueron elecciones personales. No tenía motivos para suponer que ella estuviera naturalmente protegida contra aquellas deformaciones.
Recordó entonces el sombrero. Durante meses había imaginado que el desafío consistía en conseguir que quienes lo llevaban abandonaran finalmente sus posiciones. Ahora comprendía que el problema era más difícil. El sombrero podía pasar de unas manos a otras sin que cambiara nada esencial. Incluso podía terminar sobre su propia cabeza.
Cerró el cuaderno. Por primera vez desde que había decidido participar en política, sintió con claridad que aspirar al poder significaba también aceptar la posibilidad de perder aquello que más valoraba de sí misma. No sabía todavía qué tendría que sacrificar.
Pero comenzaba a comprender qué cosas no estaba dispuesta a entregar.
A la mañana siguiente anunció públicamente su decisión de participar en la construcción de una alternativa política independiente y su disposición a presentarse a unas elecciones libres. No prometió una victoria. Tampoco anunció el comienzo inevitable de una nueva época. Habló de responsabilidades, de garantías y de la necesidad de que ningún gobernante pudiera considerar el poder como una propiedad personal. Al terminar, una periodista le preguntó:
—¿Y qué hará si finalmente llega a gobernar?
Karla observó a las personas reunidas frente a ella.
—Intentaré que llegue el día en que puedan decirme que debo irme.
Algunos aplaudieron. Otros permanecieron en silencio.
Karla no pudo saber si habían comprendido exactamente lo que quería decir.
Quizá ella tampoco lo comprendía por completo. Pero mientras abandonaba el lugar recordó algo que había aprendido mucho antes de aquella mañana: "La libertad no comienza necesariamente cuando alguien consigue ejercer el poder."





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