¿Será el último virus?
- Luis José Mata

- 24 mar 2020
- 4 min de lectura
Relato tres: ¿será el último virus?
Li y su bella hija Kumiko, cuando salen por la puerta Sur del Templo de la Tranquilidad, un día lluvioso del 2003, leen ambas un letrero escrito en chino que les indicaba: los que todavía andan por las calles de la Ciudad Prohibida, deben tener mucho cuidado de un síndrome respiratorio que es agudo y grave; un germen que los americanos para distinguirse llamaban SARS, el cual está causando quebrantos inmensos en la población de Peking.
Apuraron el paso hacia la Plaza Tiananmén y la caminaron por la parte Este, respirando con cuidado y evitando el cansancio, hasta llegar a Xindau, uno de los pasillos estrechos de Hutong. Esa área centenaria de la vieja ciudad. Li como su nombre lo indicaba era valiente y hermosa. Su gran preocupación, esa que no la dejaba dormir muchas horas, era la amenaza de destrucción de toda el área donde había vivido por muchos años, tantos años que podía fácilmente evocar el año 1989, cuando un habitante de Hutong se había colocado enfrente de uno de los tanques de guerra enviados por Dang Xiaoping, para disolver las protestas estudiantiles. Por las calles estrechas de Hutong corrieron muchos de los manifestantes; tropezando con las deterioradas bicicletas, que ellos habían recostado sobre las paredes de las empobrecidas casas, antes de ir a la Plaza Tiananmén.
Kumiko, la niña de la preciosidad eterna, era muy niña cuando ocurrió la terrible matanza en el centro de Peking, su madre la protegió no dejando ver a Kumiko, ni siquiera, a través de la ventana los eventos trágicos de esa época, y por eso ella se sentía triste e infeliz cuando lo recordaba. Ahora con unos cuantos años más se enfrentaba a un nuevo estrago, a una nueva plaga, la que ocasionaba el “síndrome respiratorio del 2003”. Le habían dicho que no debía preocuparse mucho por contagiarse, porque con diecisiete años era prácticamente inmune.
«¿Y qué pasará en el futuro?», se preguntaba Kumiko, muy a menudo. La repuesta que encontró fue la de estudiar medicina para especializarse en epidemiología. Ella estaba decidida, pero recibía una inmensa presión de aquellos que buscaban bellas mujeres como Kumiko, para que se dedicaran al modelaje. Su misma madre le sugería que aceptara modelar, porque así podrían alejarse ambas de su casa en Hutong, la cual estaba a punto de ser destruida por el gobierno, para construir allí las nuevas y modernas tiendas y restaurantes occidentales. «Seguramente viajaremos a París o a Milán, si te dedicas al modelaje de pasarelas» le decía Li a Kumiko cada día. Ella respondía con serenidad, como cuando estaba en el Templo de la Tranquilidad: «No madre, quiero dedicarme a salvar vidas».
Al cumplir los veinte años se fue a la provincia de Hubei, en el centro de China, a más de mil kilómetros de Peking, todavía ella decía Peking en lugar de Beijing. Allí comenzó su carrera para obtener el grado de doctor en medicina, con especialización en epidemiologia. Para obtener su grado realizó estudios sobre la trasmisión de virus de persona a persona, problema que le parecía tremendamente importante, y los presentó en su tesis doctoral. Era el final del año 2019, cuando fue ingresado al Hospital Zhonguan de la Universidad de Wuhan, donde ya trabajaba Kumiko, un paciente con fiebre muy alta y sin poder respirar. Ella lo atendió inmediatamente, y en seguida sospechó que se trataba del primer caso, el primer enfermo, contaminado con el nuevo virus, que ella había llamado en su tesis, el cov-19, «¿pero qué persona se lo trasmitió o de dónde vino el virus?», se preguntaba Kumiko.
A Kumiko no le quedaba duda que, de acuerdo a su hipótesis sobre la transformación del virus responsable del “síndrome respiratorio” del año 2003, este había evolucionado, en apenas diecisiete años en un virus más dañino que el que provocó la epidemia de ese año. «La humanidad siempre será penetrada por virus nuevos», se decía Kumiko cada día. «Este nuevo virus tenía una corona más fuerte y era mucho más difícil de eliminar/de matar, debido a su inmensa capacidad de duplicarse, a partir del momento de penetración en las células humanas», había concluido Kumiko, después de tratar con mucha dedicación al primer paciente y del resultado de sus investigaciones de laboratorio. Envió la información sobre sus conclusiones, incluyendo muchos detalles científicos, a la oficina central de control de epidemias de Wuhan, la capital de la provincia Hubei.
Dos días después, el alcalde de Wuhan había ordenado el aislamiento de casi 60 millones de habitantes, y al mismo tiempo detectaban mediante pruebas médicas, quienes ya estaban contagiados. Pero uno de esos individuos que no creen en nada, ni en nadie, y que además pensaba que el confinamiento de los ciudadanos, o sea el obligar a las personas de Wuhan a permanecer en sus casas, no era sino otra forma muy arbitraria de proceder de la autoridades de Hubei, disgustado y sin pensarlo mucho se fue a Beijing y desde allí, tomó el primer vuelo aéreo, el más directo que consiguió a la ciudad de Milán, al norte de Italia, donde siempre le gustaba ir para continuar con sus negocios sobre la moda.





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